Casi un siglo viviendo en el asilo San Antonio

Zoila Rosa Ocampo Zapata
Zoila Rosa Ocampo Zapata / Fotografía: Jonifer Estiven Posada Naranjo

El Asilo San Antonio ha albergado una inquilina por 91 años.

En el asilo de Sonsón, Antioquia, vive una mujer que a lo largo de casi un siglo, 91 años, ha ganado, ha perdido, ha crecido, ha enseñado y ha aprendido al lado de sus queridos “ancianos”.

Las paredes y baldosas frías desentonan con el calor y el carisma de las personas que habitan este longevo lugar. Tan grande como 3 canchas de tenis es el asilo San Antonio de Sonsón que alberga a aquellos que el tiempo se ha empeñado en dejar solos y a esos otros que pasan sus días esperando el momento de ver a sus familiares en la visita de las 3 de la tarde de cada día.

La habitación 207 es quizás la más peculiar de todo el edificio, pero no por su construcción ni por su colorido, es porque en esta habitación vive la mujer con más energía del lugar, “la tenemos que asegurar a la silla de ruedas y frenarla porque osino se nos para y se va a andar sola por toda la casa” relata María Doris Henao, una de las 8 mujeres que se encarga de cuidar a todos los adultos mayores del asilo, entre ellos a Zoila Rosa Ocampo Zapata, la persona que ha visto cómo se curten los pisos por los cuales ha caminado casi 100 años y que aún así sigue jugando como lo hacía desde el momento en que llegó.

El 3 de enero de 1926 justo antes de la puesta de sol, la antigua catedral de granito de Sonsón se estremecía con el vigoroso llanto de una regordeta criatura que habría de adoptar el nombre de Zoila Rosa, como lo dictó el Cura Roberto Jaramillo y apellidos Ocampo como su padre y Zapata como su madre.

Pasó algún tiempo desde que Zoila estremeció su cuna y ahora era una criatura que apenas se acercaba a su sexto cumpleaños, el cual traería consigo una pequeña sorpresa: un hermano menor. Al momento del parto Zoila supo que su compañero de aventuras había llegado, él hacía de su vida una vida más llena, más alegre y ella de la suya un carnaval. “Jugábamos con muñecos, con tierra, con piedras, con cascaras de frutas… con cualquier cosa que encontráramos en la finca”, relata Zoila.

En mayo de 1934 la vida de estos dos pequeños tomaría rumbo hacia su norte, aunque fuese de la peor manera. A Margarita, su madre, la tuvieron que llevar de urgencia al hospital y Pedro, el padre de Zoila desesperado y sin saber qué hacer, decidió llevarla a ella y a su hermano a un orfanato que, sin imaginarlo, se convertiría en su nuevo hogar. No pasaron muchos días para que las malas noticias llegaran, Margarita había muerto y del padre de los niños no se sabía nada; a Zoila no le quedó más remedio que hacerse cargo de sus escasos 8 años y de los 15 meses de su hermano.

Empezó ayudando en labores cotidianas del hogar lavando platos, ropa y haciendo comida como hacían las demás mujeres que habitaban este lugar; Zoila se había adentrado en un mundo que para ella era nuevo y confuso, los muñecos los había cambiado por trastos y sabanas y los extensos lotes de tierra habían cambiado por largos corredores de fría baldosa.

Mientras su hermano crecía, ella aprendía el oficio y le cogía cada vez más cariño. Cuidó de decenas de niños que pasaron, igual que ellos, por el orfanato e hizo esto hasta que este dejó de funcionar, no sin antes ocurrir algo que ella lamentaría el resto de su vida. Su hermano fue adoptado por una familia que cuidaría de él y ella nunca más lo volvería a ver, “no recuerdo a mi hermano, solo recuerdo que un día vinieron al orfanato dos personas y se lo llevaron, a mí me siguieron cuidando aquí y dándome todo lo que necesitaba”, ella siguió trabajando en el que ahora se convertiría en un asilo y el cual seguiría con el antiguo nombre del orfanato San Antonio, solo que esta vez lo antecedería la palabra asilo.

Asilo San Antonio Patio trasero
Patio principal del Asilo San Antonio en Sonsón, Antioquia / Fotografía: Jonifer Estiven Posada Naranjo

Zoila pasaba los cumpleaños, las navidades y cualquier festividad allí en compañía de los abuelos que la saciaban de historias y relatos. Pasaron los años y entre ellos los diferentes rostros que llegaban día tras día a un lugar en el cual pasarían el resto de su vida acompañados de un patio con hermosas flores, una sala de reuniones cubierta de baldosas y muebles donde podían ir los familiares a alegrarles su monótona vida y una sala de estar donde podían dispersarse por unos minutos antes de regresar a sus habitaciones.

Por los pasillos del asilo se escuchaban gemidos, alaridos, oraciones, cuchicheos… risas y llantos de ancianos que algún día rezaron, rieron y lloraron en las calles sonsoneñas y que ahora se encontraban allí, rodeados por otros iguales, pasando sus últimos días.

A Zoila la edad le llegó como a todos, cumplió 15 años y bailó con sus amigos más allegados y con sus queridos ancianos, cumplió sus 20 y conoció lo que era el amor, cumplió sus 21 y supo lo que era elegir entre una vida con un solo hombre o una vida rodeada de muchos (aunque fueran ancianos), cumplió 30 años y empezó a sentir que toda su vida se estaba basando nada más que en trabajo, cumplió 40 y supo que no tendría hijos, cumplió 50 sin haber hecho nada de que arrepentirse, pero sin haber hecho nada de lo cual enorgullecerse, cumplió 60 largos años y empezó a sentir que la vida es nada más que un juego; entre más tiempo pasa nos quedamos con menos fichas para mover.

Ya los años le empezaban a pasar factura, el juego que había comenzado hacía 60 años en el regazo de su madre estaba por culminar; sus pies ya no cargaban con el peso de su cuerpo y la falta de un rostro familiar la hacía pensar cada vez más en lo solo que se puede estar al lado de decenas de personas. finalmente decidió, después de jubilarse del asilo, que se quedaría allí hasta que la hora le llegara. Ya no era más la niña que cuidaba a sus ancianos, ahora era una más de las almas que lo habitaban.

Asilo San Antonio Patio hombres
Patio de hombres del Asilo San Antonio en Sonsón, Antioquia / Fotografía: Jonifer Estiven Posada Naranjo

Desde eso han pasado 38 años, ahora cuando llega alguien a visitarla, toma su mano y le da un beso, acaricia sus mejillas y las pellizca. Ya no es la niña que fue, pero no pierde el amor por el juego, quizás será porque es lo único que la mantiene unida a su hermano del cual ya no recuerda el nombre, o por el mero hecho de seguir enseñando a las que llegan nuevas cómo es que se debe de cuidar de un anciano.

Zoila Rosa sigue moviéndose por esta casa que la vio crecer, ya no a la misma velocidad, pero si con la misma destreza. Pasa sus días viendo televisión con su amiga de habitación Angélica Otálvaro, la cual se ha escapado del asilo 3 veces para irse a la calle a pedir limosna y luego regresar con “platica”. Zoila se mueve en su silla de ruedas desde que una caída la dejó un poco mal de un pie, pero eso no impide que vaya hasta los últimos rincones del asilo. Y es qué cómo iba a ser difícil para ella llegar a cualquier lugar si de los 98 años que tiene, 90 los ha pasado en esos mismos corredores. Ya no escucha muy bien, pero sabe leer y habla por ratos, todo no lo responde, pero lo que responde lo hace con una lucidez increíble.

Zoila dice que ya solo espera que llegue el día que les llega a todos, como a la señora de risa alegre y gafas grandes que le llegó el 17 de octubre del año 2017 con un paro cardio respiratorio o a la señora de la habitación 103 que se acostó y no volvió a despertar. No la desea, pero la tiene presente, sabe que la vida es “prestada” y que en cualquier momento dejará este mundo. Por el momento se deleita haciendo correr a las nuevas empleadas del asilo mientras les enseña los gajes del oficio.

Be the first to comment on "Casi un siglo viviendo en el asilo San Antonio"

Leave a comment

Your email address will not be published.