El rostro del “Café América”

El Café América lleva 14 de años funcionando y su administrador hace poco cumplió 60 sirviendo tintos y aguardientes. Después de las cuatro de la mañana abre este lugar, que aún conserva la esencia del pasado en su silletería,  en las colecciones de vasos y frases y en el rostro de quien lo fundó: Don Hernando. Sucedió un 16 de marzo, al son de tangos argentinos, esta conversa con Don Hernando Soto, uno de los cantineros más antiguos de Sonsón.

 

Cuándo los faroles de la plaza de Sonsón se preparan para dormir, a escasos metros de la catedral, despierta un café. Siendo apenas las 4 de la mañana, don Hernando abre el América para empezar complacer a los primeros que se levantan y a los últimos de que se acuestan, haciendo piruetas con las muñecas para entretener el frío paramuno. Don Hernando dice que es el segundo que abre después del Imperio, que atiende a los que madrugan a viajar.

“Yo comienzo todos los días a las 4:30 am. Claro que vengo desde antes a hacer aseo y organizar las mesas, o sea que vengo desde las cuatro de la mañana, para tener el café listo para los clientes,  que desde muy temprano vienen y se toman el tinto para comenzar o terminar su trabajo; como los celadores, que llegan y a veces cuentan sus vivencias en la noche.”

De gafas, piel clara, sonrisa escondida y con la calvicie natural de un trabajador exhausto, Don Hernando Soto es el espejo de esos cantineros que, atentos a su clientela, sabe quién quiere que bebida o cuál canción en tal momento. Sirviendo dos tintos desde un termo, da cuenta del leve nivel de parkinson que padece.

Después de atender a las primeras personas,  ubicar todo en su sitio y mientras se abren los vecinos almacenes que ofrecen  prendas de última moda, El América comienza a ser visitado por clientes particulares.  Esta vez,  hay una mujer delgada, de unos cincuenta años, rostro maquillado y  aspecto algo preocupado que con su lenguaje un poco vulgar, comentaba su desdicha. Al parecer el padre de su hija quería quitársela. Mientras lavaba algunos pocillos, criticaba su desdicha. Parece  inmortalizado el local  de Don Hernando.

La puerta amarilla de entrada, de estilo republicano, comienza a dar cuenta del pasado que tintea cada minuto en sus adentros: sillas de hierro con ciento y espaldar forrados en plástico y con resorte interno; música de antaño, rostros cargados de experiencia, olores que llevan a la infancia e imágenes que al parecer no tienen menos de una década, protagonizan el paisaje. Don Hernando atiende a su clientela, con entusiasmo. Al entrar, se siente una energía amorosa y pasiva por el lugar; él, ordenando la barra, siempre saluda con su grato “buenos días”.

No es nuevo en esta profesión. Al parecer desde muy joven su vocación era atender los lugares donde la gente llega a interactuar, a desahogar sus penas y alegrías,  a recordar su vida y visionar sus sueños, a reír, y a llorar, a gastar el dinero o simplemente a calmar el frío. Al contrario de cómo lo harían muchos, Don Hernando narra algo de su historia cantinera con una serena simpleza.

“Fue en diciembre de 1957 cuando empecé en la labor. Comencé a trabajar desde muy joven; he estado en tres partes maso menos. Fueron 6 años los que trabajé allí abajo en el café Colombia. Luego me independicé y me vine para allí enseguida donde trabajé por 40 años pagando arrendo. Después de tanto, compré este lugar y aquí me quedé y me quedaré.  Ya llevó 14 años de trabajar aquí… en diciembre del año pasado cumplí 60 años trabajando en esto.”

“Estos escritos, según don Hernando, entretienen a los clientes. De paso son juego hacen el entablillado”

El América es caluroso no solo por la venta predominante de tinto, sino también por otros motivos. Además de ser pequeño -de unos 30 metros cuadrados-  todo su interior es entablillado. La temperatura aumenta cuando con los minutos empiezan a manifestarse las reliquias del entorno: cuadros con frases y caricaturas célebres de la idiosincrasia antioqueña, fotos del lugar y del pueblo y una vista reducida hacía el exterior, hace del lugar, un templo del regocijo y la calma. Frases como “Le doy gracias a dios por madrugar a trabajar y no a buscar trabajo”, hablan de la pasión que tiene Don Hernando por madrugar y de su ideal de ser independiente, de “No trabajarle a nadie”. Don Hernando habla con tal aprecio del adoro del café, que pareciera que estuviera hablando de su propio hogar.

“El entablillado es color Caramelo; me gusta mucho. Es un color que creo que muestra que las personas estamos más cerca. La idea del arreglo del café en madera y el color fue mía; cuando se me mete una idea en la cabeza intento siempre materializarla.”

Quiso entablillar el local porque sentía que el estilo que tenía era muy feo. Era en cemento y frío y no le gustaba. Los clientes no se veían a gusto; eso sentía. Después de planearlo, un día llegó y se puso a organizarlo en madera y al terminar, le quedó gustando mucho. Comenzó a decolarlo con distintos  objetos. Además de los cuadros y las fotos, tiene una colección de espejos y de pocillos para tomar café.

“Los pocillos que veo diferentes y me gustan, los compro. Los traigo de Rionegro, Medellín, El Carmen de Viboral… de todas partes; hasta tengo uno que me trajo mi hija de Cartagena en forma de camperito. Cada uno de tiene su historia, todos me han tocado el corazón y siempre me ha gustado coleccionarlos. Los espejos es porque a mucha gente les gusta y a mi también”

A eso de las diez de la mañana, un cliente pidió un aguardiente y les ofreció a quienes estaban en la barra. Es maso menos a esa hora donde empiezan a diversificarse las ventas. Ya hay quienes quieren calmar el frio, calentando la garganta con tragos de aguardiente antioqueño o ron viejo de Caldas. Sin embargo, los productos más vendidos, siguen siendo el tinto y la aromática; al menos en semana. De lunes a viernes el horario es hasta las 4 de la tarde, y el fin de semana,  con una clientela más trasnochadora, el horario se extiende hasta las diez u once de la noche. Como suele sucederle a muchos sitios públicos, este tiene su gente, sus simpatizantes, que aunque de diversas culturas, saben cultivar el café, como un espacio para convivir en armonía.

“La misma clientela, toda la vida he tenido la misma clientela: los que me conocen, mis amigos, de todo hay aquí, desde jóvenes hasta personas muy adultas. Aunque la mayoría si son adultas, porque se identifican la música que es más que todo viejita. Ha estado gente reconocida también. Uno de ellos fue el escultor Pablo Jaramillo… hasta tengo una foto con él aquí en el café. Ese día, en un momentico se llenó.”

Al contrario de la situación de muchos bares y cantinas donde cada ocho días no faltan las riñas pasionales y de egos, Don Hernando afirma que su espacio ha sido muy sano “gracias a Dios”.  Afirma con orgullo que no ha tenido problemas con nadie.

“Aquí no entra la policía a nada, todo ha sido muy sano. Hay clientes que le quedan debiendo a uno los tinticos, pero cuando me los encuentro en la calle nunca les cobro, cada uno sabe lo que debe.”

Rememorando de nuevo el calor, ha sido testigo Don Hernando de esos encuentros que erizan y sonrojan a los implicados, que agitan las miradas y los corazones, que piden canciones con guiño y sonrisa; de esos calores humanos que afloran en romances.

“Vienen a veces  parejitas, y comienzan a hablar, sienten el acorde musical y se acoplan; ven que es ameno y se quedan charlando ratos y luego salen abrazados. Parece que el café es un espacio  apropiado para el amor y el cariño.”

Seguramente es común que al café lleguen clientes que ya se han tomado un tinto en uno dos y hasta tres lugares más. Aunque el nombre oficial es “Café América”, el lugar hace las veces de cantina. Y aunque asegura que no le ha gustado contratar mujeres para trabajar porque a veces se forman problemas, afirma que siempre vende “aguerdientico”.

En Sonsón es normal que un solo lugar haga las veces de café, cantina y bar; esto se hace en parte para atraer distintos públicos. Es cotidiano en estos pueblos que la gente deambule por estos lugares en busca del mejor café o la mejor comodidad. Pocos piensan que habría que ir a Europa o Estados Unidos o a los finos y costosos cafés de Medellín o Bogotá, para probar el mejor café que se produce en Colombia. Sin embargo Don Hernando, inocente tal vez de que veden pasilla, hace un halago a su modo de preparar el tinto, afirmando que hay personas muy selectas.

“A muchos clientes les gusta el café de acá es porque es un café hecho a mano. Además porque los mantengo en termos, porque el de cafetera no me gusta, no se siente el mismo sabor. Dicen que este es más casero, más rico. Toda la vida he trabajado con termos; eso esclaviza mucho, pero es muy grato porque al cliente le gusta es así. Tengo aquí varios termos para todo el día”.

Don Hernando afirma que no le recomienda su trabajo a nadie porque es muy esclavizador y a veces ni tiene tiempo de estar con la familia. Sin embargo afirma que gracias al negocio, ha levantado seis hijos. Esa es su mejor anécdota. Todos sus hijos ya son profesionales y trabajan en Medellín, Rionegro y Bogotá.

Por: Luis Fernando Castaño y Sebastián Yarce Gil