Lunas Llenas

Lunas Llenas Sonsón, Antioquia
Lunas Llenas – Representación / Fotografía Jonifer Estiven Posada Naranjo

Jacobita Jaramillo, su familia y un gran número de sonsoneños iniciaron las “lunas llenas” en el municipio de Sonsón a mediados del año 1930, acto cargado de poesía, música, rimas, risas, amistad e historia.  

En aquellas famosas veladas, en las cuales Jacobita bien acomodada en su cama y abrigada, dirigía la función, también ella cantaba con una voz un poco cansada pero muy entonada, aquella canción llamada LA VERGARA con letra de Vergara y Vergara, a la cual ella puso música y se acompañaba con la guitarra… Cada miembro de aquella querida familia ponía su granito de arena para divertir a los demás, entregándose a ellos, sin importarles los aplausos ni muchas veces las sonrisas burlonas” Mercedes Ramos Toro – Remembranzas del viejo Sonsón, 2011). 

1923… Se celebran por primera vez en Sonsón los «Juegos Florales», festival de cuento, poesía y literatura. Ya se empezaba con un gran apetito hacia las letras por parte de los sonsoneños más cultos. Fue de estos juegos de los que se dice, salió el himno de Sonsón, gracias a un poema ganador que posteriormente utilizarían como tal. —Cuenta doña María Elena Villegas Botero, una prestante mujer del municipio de Sonsón y quizás una de las personas más conocidas en este lugar por el apellido que la acompaña. —Ya para el año de 1930, Don Lorenzo Cadavid recitaba algunas de sus poesías en la casa de Jacobita Jaramillo, madre de varios hijos, casi todos hombres y todos solterones. Quizá esto la animó a realizar estas tertulias, o mejor dicho lunadas, ya que las solían hacer en los días de luna llena y podían durar una semana entera. 

Empezó siendo algo de familia. Trovas por aquí, poesía por allí y cuentos por allá. Mientras su mamá hinchaba su voz con las canciones que acompañaba a ritmo de guitarra, sus hijos se encargaban de ponerle ánimo a las reuniones, cada uno a su manera. Con el tiempo, aquellas reuniones de familia cautivaron a más de uno en aquel vigoroso pueblo de tardes azules y juveniles, y noches iluminadas y aplacadas. Empezaron invitando algunas muchachas y también muchachos “bien seleccionados”, los cuales recitaban poesía, bailaban, relataban alguna historia o simplemente asistían para ver a los demás. Algunas de las poesías que se podían escuchar eran como La Leyenda de Yhabur, que se recitó en los juegos florales y que dice así:  

Batiendo sus conchas de tonos diversos 

y urdiendo el encaje de su pedrería, 

la Mar murmuraba sentidos inversos; 

rimaba un poema que nadie entendía. 

Una ola que iba y otra que venía 

trenzaban su estela de limpios cristales, 

y en la playa inmensa se desenvolvía 

la tapicería de los arenales. 

Dejando la playa se alzaba a lo lejos, 

teñido a intervalos de azules reflejos, 

el gris horizonte; 

y abajo, añorando recuerdos lejanos, 

como un templo enorme de frisos paganos 

majestuosamente se empinaba el monte (…) 

Esta poesía habla del cacique Norí y de su conquista del pueblo Anorí.  

Pero este es solo un ejemplo de lo que se podía encontrar en aquel lugar, pues, cuenta el padre Javier Toro de Nuestra Señora de Valvanera, que la diversidad de público y actuaciones era bastante extensa. 

Lunadas Sonsón, Antioquia
Noche de luna llena Sonsón, Antioquia / Fotografía Jonifer Estiven Posada Naranjo

José, uno de los hijos de Jacobita era un excelente imitador, capaz de repetir casi a la perfección lo que observaba ya fuera en la calle o en las reuniones que se daban en su casa. Enrique, también hijo de Jacobita, era un apasionado por el Violín, capaz de poner a cantar y a bailar a todos los presentes con sus dotes de músico; aparte, eran unos expertos en narrar cuentos. O eso dice don Rafael Iván Toro, historiador y abogado sonsoneño “cuando no estaban cantando o imitando, aprovechaban para echarles sus cuentos a las muchachas y para divertir a sus acompañantes”. 

María Elena Villegas dice “Todo lo que ocurría en su casa no impedía que Jacobita cambiara 2 ó 3 veces en la noche su bacinilla, y en ocasiones hasta 4… ya que no solía levantarse de su cama ni para ir al baño. Todos lo sabían, todos sabían que cuando ella se volteaba hacia la pared y levantaba su sabana al aire, dejando ver nada más que las patas peladas y el colchón despachurrado de la cama, no era para nada más que para que uno de sus hijos se llevara el arcaico orinal repleto de aguas de la habitación”.  De este singular hábito nadie decía nada, era algo natural. Todos se concentraban en lo que verdaderamente importaba: La lunada, sus versos, las historias, las canciones, los bailes… las representaciones eran lo verdaderamente importante. 

Todos los asistentes se tenían un gran afecto, eran como una gran familia, un grupo, una casta muy cerrada, a la cual no accedía cualquier persona; las que entraban solían ser invitadas por un miembro del grupo y requerían ser aceptadas por los demás, esto hacía que los participantes se sintieran como parte de un clan, en el cual lo importante era la complacencia, el disfrute, el goce, el intercambio de todos. 

Rafael Iván Toro cuenta que luego… hacia 1950, llegó Félix Correa Arango. “Las lunadas ya no se hacían en la casa de doña Jacobita y sus hijos, sino en la casa de don Félix. Aquí todos traían algo cuando llegaban, roscas de pan, pan duro, chocolate, lo que fuera para compartir con los demás. Se hacía lo mismo que en casa de doña jacobita, sólo que ya no era una familia con algún invitado, no era tan cerrada. En casa de don Félix el evento era más social, se podía acceder a él más fácilmente y la idea de parentela era más amplia”. 

Más tarde… con Lucía Javier (Josefina Henao valencia) en la década de los 60 hasta principios de los 70, terminaron las lunadas en lugares cerrados y con restricción. Las lunadas ahora se hacían en diferentes lugares, en espacios comunes y abiertos. Se caminaba hasta la quebrada Santa Mónica en grupos grandes, hasta La Gruta, La Valvanera, La Calzada; incluso se hacían lunadas en La Plaza Principal. Ya era en un espacio abierto y para todos. 

Dichas lunadas fueron el principio de diferentes iniciativas culturales como es el caso de la Poetisa Lucía Javier (Josefina Henao), quien deleitaba a todos los sonsoneños con sus poemas, textos de extrema delicadeza. Además de poesía, enseñaba a un grupo de niñas a bailar. Lo realmente maravilloso es que Lucía Javier, aun estando postrada en una silla de ruedas ponía sus dedos sobre un cuaderno recostado sobre una vieja mesa y los movía ilustrando a las niñas los pasos a seguir… de esa manera guiaba a las pequeñas en un rito que para ella era imposible de hacer en ese momento, pero que con gusto podía enseñar. Su estado nunca le impidió instruir a decenas de muchachas y chiquillas en el baile. Es el caso del grupo de Baile de la 7ª, el cual estaba conformado por jóvenes de la “élite” sonsoneña que posteriormente conformarían un grupo más consolidado y variado, que alcanzó gran reconocimiento de la comunidad.  

Asimismo, Miriam Correa Palacio inició sus obras de teatro. Realizó tertulias en el teatro municipal con la participación en todas las actividades de un gran número de personas del pueblo y de todos sus sectores sociales. Este liderazgo lo ejercieron Miriam Correa y Lucía Javier (Josefina Henao), con el concurso de muchas otras personas. 

En el museo la “Casa de los Abuelos” se rememoraban algunas de estas tertulias, veladas, lunadas, o como mejor se podrían llamar “Lunas llenas”. En algunas de esas verbenas de lunas llenas, cuenta Doña María Elena Villegas: Rocío Londoño y su hermana Alicia, cantaban como los mismísimos ángeles una canción de Lucho Bermúdez, muy popular en la época, Muchacha de risa loca: 

…Yo quiero vidita mía,  

cantarle a tus ojos bellos,  

porque en mi vida son ellos,  

amor y melancolía.  

Cantar quiero a tu hermosura,  

muchacha de risa loca,  

cantarle quiero a tu boca y a tu imponente figura (…)  

El imaginario colectivo del sonsoneño ya no está habitado por estos recuerdos. Las lunas llenas pasaron a ser parte de la historia abandonada de un Sonsón de antaño y junto con ellas muchos personajes que recorrieron alguna vez estas calles: personajes que llenarían y darían luz a un flamante Sonsón cultural de los años pasados. Ese Sonsón ya no existe. El Sonsón de Jacobita, de sus hijos, de Lucía Javier, de Míriam Correa y de toda la comunidad que lograron construir, son hoy simples recuerdos en la memoria de algunos pocos afortunados. El Sonsón que se dejaba cautivar con un airoso poema o con un ferviente baile, fue reemplazado por un Sonsón simple, burdo y tosco más preocupado por lo banal que por lo cultural y relevante.