Un trasteo venezolano marcado por la cocina

Habla con tal pertinencia de las recetas de su país, que parece dar a entender que hoy no están desnutridas las alacenas, y que podrían estar preparándose en este momento, cientos de platos con sus ingredientes completos por todo el territorio nacional. Ustedes aquí también hacen arepas; son muy similares, igual de maíz; es que dicen que los Latinoamericanos somos de maíz, porque es un ingrediente típico de nosotros igual que la papa. La diferencia es que las arepas de nosotros son rellenas”. Puede percibirse una clase de adoración a lo ausente, al verlo sumergido entre los olores que suscitan sus comentarios con sabor a cocina internacional. “El relleno varía depende de lo que a la gente le guste. Puede ser pollo desmechado, carne molida, atún, camarones, mariscos, huevo perico y la clásica que es rellena de queso”.

Las guerras de mitad del siglo XX, propiciaron una migración europea a Latinoamérica; una gran parte de estos extranjeros se asentaron en Venezuela. Eso ayudó a que obtuviera una diversificación cultural y especialmente gastronómica, muy amplia. Néstor recuerda como “una familia de clase media venezolana, un lunes podía comer arroz chino, un martes lasaña, un miércoles una Paeya valenciana y así por el estilo”. Antes del declive socio-económico, era común ver colonias españolas, francesas, italianas o portuguesas, administrando restaurantes y panaderías en las calles de Valencia, San Cristóbal o Caracas.

Néstor Prana, es alto, moreno, de barda pulida, gesto un poco confundido y acento marcado: no es difícil descubrir su nacionalidad, entre otras cosas por el vocablo característico de un bolivariano, evidenciado en él. Llegó con su familia a Sonsón a finales julio de 2017 e inicialmente se hospedaron en la casa de una cuñada. “Como no teníamos experiencia viajando como familia, tuvimos algunos percances al adaptarnos. Después de llegar a Sonsón, nos devolvimos para Medellín y estuvimos buscando apartamento, pero como en todos exigían fiador con finca raíz y no conocíamos a nadie, entonces decidimos regresar a Sonsón” expresa Berta, la esposa de Néstor. Pronto obtuvieron el permiso especial de permanencia, una documentación legal que otorga el estado colombiano a ciertos ciudadanos venezolanos y pudieron arrendar un apartamento en una de las calles comerciales de Sonsón, un pueblo ubicado al suroriente del departamento de Antioquia, que por asares del destino y el desvío de una vía nacional, no es la Medellín de hoy, pero si cuna de la colonización antioqueña, región de diversos pisos térmicos y bien llamada “tierra de la esperanza”, un valor bien recibido por los Prana Vera.

Después de ocho meses de partir de Tachira, estado en el que vivía con su esposa y sus dos hijos, Néstor, chef profesional, se siente regocijado con la paz que le inspira Sonsón. Es consciente y comparte la cultura gastronómica que predomina, por eso en su carta, ofrece platos típicos de la región como suda’o, pechuga, sancocho, bandeja paisa y otros; resalta además las visitas de sus clientes fieles. “El que viene y prueba los platos, los disfruta, nos recomienda y vuelve. Son profesores, policías o personas que han vivido en otros lugares y conocen un poco más la diversidad gastronómica del país”.

Asumiendo como suyo el discurso sobre la situación política de su país, Néstor hace usos creativos del leguaje para describir cual experto analista con figuras literarias, lo que él llama “una especie de engaño”. Toma aire, como queriendo obtener paciencia, por tener que volver a contar la historia que ha maquinado repetidamente su cabeza durante los últimos años con distintos tonos y ofrece una reflexión. “Es un proceso de más de veinte años; al principio hubo una especie de engaño con Chávez. Por la abundancia petrolera, se vieron momentos muy buenos, pero él no percibió el rumbo que iba tomando el país. Te lo explico en un ejemplo: Tú tienes tu casa, y tienes mucho dinero; de repente empiezas a tener problemas de gotera, se te daña el gas o el fogón, y tú en vez de repararlo, más bien comes en restaurantes finos, duermes y te bañas en hoteles… En fin. El caso es que cuando se te acaba el dinero empiezas a notar que no tienes donde vivir ni que comer. Eso maso menos pasó en Venezuela, había tanto dinero que los problemas no se iban viendo. Se adoptó una economía de aduana, es decir, se prefería importar la comida que producirla. Algunos economistas percibieron lo que estaba pasando y alertaron, pero la gente del común no creíamos. Con la muerte de Chávez y la posesión de Maduro, eso fue el acabose total; de verdad que ha sido fatal. Dicen que se robaron el dinero. Yo no tengo pruebas, pero dicen que se robaron más de cuatrocientos mil millones de dólares. Para que te hagas una idea, Colombia tiene cincuenta millones de habitantes; con diez mil millones de dólares, comen todos los colombianos gratis por un año; ¿si me entiendes? “.

 

Berta Vera, la esposa de Néstor piensa que “la no producción, la no inversión, la importación y el no apoyo al productor nacional, provocaron la migración de la industria y ahora de los ciudadanos”. Berta da a conocer una clase de impotencia paciente; por la actitud de su rostro, puede leerse en su recuerdo algo similar a las imágenes de los supermercados llenos de gente y vacíos de productos.

Con la incertidumbre a flor de piel, logran convivir otros meses en su país, hasta que se arriesgan a viajar en conjunto, asumiendo las consecuencias del viaje y del destino; un destino no muy promisorio y no muy lejos de “la especie de engaño” vivido en Venezuela. No es precisamente Colombia el país ideal para llegar a afrontar una crisis. A pesar de la riqueza natural y socio-cultural con la que cuenta el país más biodiverso del mundo y además de que somos países hermanos, los altos niveles de desempleo, la inseguridad, la inequidad o la corrupción, hacen que esta no sea la mejor “tierra prometida”. La falta de garantías estatales en Colombia, disminuyen la posibilidad de que familias venezolanas como la de Néstor, puedan visionar, lo que por siglos han visionado, con poco éxito, millones de familias colombianas: un proyecto de vida íntegro donde sus derechos sean fielmente respetados; o una vida donde al menos si el estado no quiere apoyarla, que tampoco la asesine. En todo caso, conscientes de la situación acontecida en el lugar de procedencia, ellos disfrutan de una cierta abundancia, muchas sonrisas y buenos momentos vividos Sonsón.

Por: Sebastián Yarce Gil