Virgelina Sabina Marín, tejedora de historias

Esta es la historia de Virgelina Sabina Marín, una campesina desplazada de El Rodeo en Sonsón, Antioquia, que tuvo que dejar todo cuanto había logrado conseguir: su finca, sus animales, sus cultivos, sus ropas… todo lo que alcanzó a adquirir al lado de su esposo José Libardo Valencia desde que se casaron y formaron una familia; todo, menos su máquina de coser, la cual los escoltaría en su travesía desde El Rodeo hasta Sonsón y los acompañaría en los momentos más difíciles, pero también en los más felices que deberían pasar lejos de sus tierras.

Crónica y dibujo: Jonifer Estiven Posada Naranjo / Narración: Carolina Ochoa Hoyos

Esta es la historia de una campesina que venció el desplazamiento con hilos y retazos.

Jonifer Estiven Posada Naranjo

Lo primero que hizo esta mañana fue examinar a su vieja compañera. Palpó con sus ya avejentadas manos de casi 77 años todo su cuerpo. Hurgó sin dejar un solo centímetro sin explorar y se aseguró de que aquella amiga que la ayudó a levantar a su familia y a superar el desplazamiento en tierras sonsoneñas, estuviera aún sagaz como en sus viejos tiempos.

Todo comenzó en 1943 en una vereda llamada el Rodeo en Sonsón, Antioquia, donde nació una vigorosa niña llamada Virgelina Sabina Marín. Su infancia campesina fue igual a la de la mayoría de labriegos de la región: simple, pobre, pero llena de aprendizajes. A sus escasos 6 años, Sabina ya ayudaba a alimentar a las gallinas, los marranos y se divertía peinándoles la cola a las vacas mientras su papá las ordeñaba. También por esas fechas conoció las agujas de tejer, el hilo, los retazos y por primera vez en su vida se vio cara a cara con una máquina de coser en la casa de unos vecinos.

Cuando tenía la edad suficiente y con la bendición de sus padres, se casó con José Libardo Valencia, también campesino, y se fueron a vivir tierras más adentro en una finca que no demoraron en llenar de animales, cultivos y niños. Fueron en total 6 los hijos que tuvieron, 3 hombres y 3 mujeres. Sabina se las arreglaba con lo mucho que había aprendido en su infancia sobre los quehaceres en la finca y con lo poco que había alcanzado a memorizar sobre costura. Sorteaba sus días entre la crianza de gallinas y la creación de piezas únicas de vestir para sus hijos que cada vez se hacían más grandes. Aprendió haciendo; zurcía una camisa para su hijo mayor y si le quedaba muy pequeña, pues se la dejaba al que seguía y si a este no le servía, al otro le serviría. Lo mismo con sus hijas; vestidos de retazos, llenos de colores que poco encajaban en sus cuerpos lánguidos, pero que igual cubrían el frío y hermoseaban sus delgadas figuras.

Virgelina Sabina Marín, tejedora de historias
Virgelina Sabina Marín, tejedora de historias / Dibujo de la máquina real de Sabina realizado por Jonifer Estiven Posada Naranjo

Libardo, al ver que Sabina se hacía cada vez más experta en la creación de sus ropas, incluidas camisas de trabajo y ropa interior, negoció con una longeva campesina la compra de su máquina de coser marca Janome Sewing Machine, que para ese tiempo tenía ya por lo menos unos 22 años de haber sido ensamblada y de estar funcionando, asimismo conservaba el negro brillante y el dorado de sus letras que se alzaban a un costado de la misma. La Compró y se la dio como obsequio a su esposa. Esta sería, sin saberlo aún, el escape a la realidad de Sabina y de todo lo que traería consigo el conflicto armado y los grupos guerrilleros y paramilitares a las montañas sonsoneñas.

Desde el año 1996, cuando por primera vez entraron a sus montañas las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), Sonsón se convirtió en la cuna de una batalla campal que se desató entre este nuevo grupo al margen de la ley y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) quienes por casi una década se pelearon el territorio dejando a su paso heridos, muertos, desaparecidos y un sinnúmero de efectos colaterales para los más desvalidos que en este caso eran los lugareños como Sabina y Libardo.

Sabina y su esposo aprendieron a vivir con grupos guerrilleros y paramilitares cruzando por su finca e incluso durmiendo en ella. Al principio armaban sus tiendas de campaña y acampaban en el patio, pero con el tiempo fueron utilizando las habitaciones y cuando se percataron, ya eran ellos quienes dormían en el patio o donde pudieran darse un poco de calor. Sabina amenizaba sus días con la costura diaria, fuera a mano o en su máquina, tejía una camisa o remendaba un pantalón, pues esto le ayudaba a sobrellevar la realidad que ahora vivían. Con los días, no pudo llegar más a su máquina, esta estaba dentro de su habitación y la habitación estaba ocupada con algunos guerrilleros que no permitían que entrara a coser porque hacía mucho ruido y no los dejaba descansar.

“Éramos él y yo no más, la familia toda era casada. Nos vinimos solitos, calladitos, al escondido de todos porque si se daban cuenta nos mataban.”

Para el 2006, muchos fueron los campesinos que tuvieron que desplazarse en toda Colombia, casi 600 por día, según La Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, CODHES. La finca de Sabina y su esposo había sido tomada por guerrilleros de las FARC hacía más de 15 días los cuales sostenían enfrentamientos con grupos paramilitares regularmente. Habían pasado muchos años desde que el territorio era seguro y habitable. Sabina y su esposo ya habían aguantado bastante y después de que sus hijos se hubieron casado y realizado sus vidas lejos de ellos, y de pasar ya muchas noches durmiendo en la cochera de una vaca sobre costales tendidos en el piso porque su casa estaba llena de guerrilleros de las FARC, tomaron la decisión de abandonarlo todo; animales, cultivos, ropas… todo. Menos la máquina de coser.

Era un día más que despertaban tendidos en la tierra mientras los guerrilleros ocupaban sus camas e igual que los días que ya habían pasado en la misma situación, debían pedir permiso para entrar a su propia casa a coger algo de comer y algo de ropa para cambiarse. Eran muchos los guerrilleros que se apiñaban en las derruidas paredes de la casa, casi 15 en total y la pareja de esposos ya no era la de los vivaces jóvenes de antes, Sabina tenía 63 años de edad y no podía correr ni enfrentarse a un grupo de jóvenes armados. Es por esto que ella y Libardo habían hablado de rescatar, en cuanto pudieran, la máquina de coser de la habitación principal y una o dos ollas de la cocina en cuanto los guerrilleros se descuidaran. El momento se dio cuando una vez más empezaron los disparos de montaña a montaña. Libardo entró corriendo a la casa para cubrirse de la balacera y aprovechó el momento para tomar de una mesa que estaba al lado de la cama, la máquina de coser y la llevó rápidamente para la cochera donde estaba su esposa tumbada y rezando, escondiéndose de los voraces proyectiles.

Ese mismo día, a las 11 de la noche, empezaron a preparar todo para poderse ir. En primer lugar, estaba la máquina, de la cual se ocuparía el ya cano Libardo, quien pensó que era un camino muy extenso y que era mejor que Sabina llevara las dos mudas de ropa que lograron esconder y tres pequeñas ollas. A la 1 de la madrugada, cuando sintieron el silencio funesto que traía consigo la despedida, cogieron todo y caminando casi a rastras, dejaron cada vez más lejos la finca, la casa, los cultivos, la vaca, el ternero, los novillos, el caballo y un cerdo, porque el otro que tenían, ya lo habían destazado los guerrilleros días antes.

Dejaron todo atrás y siguieron dando tumbos montaña arriba descansando solo para humedecer los labios. Casi 5 horas después, exhaustos de la travesía, llegaron a la vereda Ventiaderos. Una vez allí, esperaron un bus escalera que se dirigía al municipio de Sonsón, posaron sus espaldas laceradas en las bancas y durmieron hasta que sintieron que se apagaba el gigantesco motor Nissan 205 de la escalera. Se despertaron y nuevamente, costales al hombro, emprendieron camino hacia una desvalijada, pero hospitalaria casa que habían comprado no hacía mucho tiempo con la venta de algunos marranos y gallinas.

“Es que imagínese un campesino llegar acá a qué. Un campesino tiene la vida es en el campo, en la tierrita”

De ahí en adelante se empezaría a “tejer” una nueva historia para la pareja de esposos, una muy diferente para cada uno. Cada vez más decaído, Libardo no soportó alejarse del campo y solo 2 años después de haber entrado al pintoresco pueblo sonsoneño y sumado a sus problemas respiratorios, el miércoles 23 de abril de 2009 murió sin poder regresar a las tierras que lo vieron nacer y que no tendrían la dicha de cobijarlo en la muerte. Sabina, por su lado, se aferró más que nunca a su vieja compañera y día a día se levantaba a tejer, igual que en su vieja finca, ropas muy estrechas o muy anchas, pero ya no tenía para quién coser más que para ella misma, es así como se aventuró a vestir sus muebles, su cama, su nevera, su pipeta de gas… tejió tanto, que llegado el punto no tenía a quién más revestir con sus coloridos y estrafalarios retazos, ya había llenado la casa con lo que podía.

Aunque había perdido sus tierras y a su esposo, Sabina era feliz. Le quedaba su pequeña, aunque acogedora casa y unas ganas enormes de levantarse cada mañana a tricotar sobre sus retazos y una tarde cuando una vecina le presentó el grupo de “Tejedoras por la Memoria”, mujeres que habían tenido que pasar situaciones parecidas a ella, afianzó aún más sus ganas de vivir. Con ellas aprendió a hacer muñecas, colchas, carteras, sobrecamas, edredones, cojines, blusas, bufandas, tejidos pequeños para poner de adorno en la nevera, bolsos, joyeros, paños tejidos, quitapesares… Estos últimos, pequeños monigotes de colores que vende por 2.500 el par, se han convertido en una de sus principales fuentes de entradas, aparte de los 80.000 pesos que le llegan mensualmente de la tercera edad. También tiene en el patio de su casa 4 regordetas gallinas que de vez en vez sueltan uno o dos huevos que vende por 300 pesos a sus vecinos.

Como se puede leer, Sabina no es una mujer de lujos, en cambio tiene mucho que le falta si en cuanto a lo material nos referimos. Está bien que tiene una casa que compró con la ayuda de su esposo y a los marranos que engordaban y vendían cuando vivían en El Rodeo, también tiene un menesteroso, pero vistoso grupo de ollas, que ha conseguido para cubrir el espacio de todas las que no pudo traer consigo de su finca, pero vive sola, apartada no solo de su vereda sino de sus hijos. Las únicas que la ven danzar con sus hilos y mantas de lado a lado de la casa son las 4 voluminosas gallinas y una pequeña perrita criolla llamada Lupita que ataca la sombra de quienes por allí transitan y que duerme en el regazo de su ama cuando esta se sienta a bordar. Sabina vive entonces de sus monigotes, del paupérrimo aporte del gobierno y de sus cuatro gallinas, que cuando tiene suerte, sueltan 3 huevos al día. También de sus retazos, de todo lo que amontona en su casa y que sin importar qué, sigue tejiendo cada día en su máquina de coser.

Como si de eso tratara la vida, Sabina y sus amigas tejedoras trenzan, sobre grandes telares sus historias. Historias desgarradoras, pero también historias bellas, historias de superación e historias de vida. Por ejemplo, Sabina bordó en una de muchas, a su preciado caballo, al cual le tocó abandonar a su suerte confiando en que algún vecino se haría cargo de él. Tejió también su historia de fuga y la de su esposo. Ha tejido más de lo que sus manos le han dado, pero para eso está su vieja compañera Janome, que con una caricia de Sabina sobre su manija comienza a tejer, comienza a dibujar puntadas sobre la tela cual lienzo. Cada día al amanecer, esta agonista, esta campesina examina, palpa con sus decaídas manos de casi 77 años los engranajes que componen su arcaica máquina de coser. Hurga cada centímetro y se asegura de que aquella que lleva consigo más de 54 años la acompañe en un día más de lucha.